viernes 4 de septiembre de 2026

SALUD

El intestino piensa: por qué el eje intestino–cerebro redefine el neurodesarrollo infantil

En esta oportunidad, la Puericultora y Doula Lali Zurzolo escribe sobre la microbiota y su relación con el neurodesarrollo infantil.
04/09/2026

Durante décadas, la crianza y la puericultura se centraron en el cerebro como órgano rector del desarrollo. Sin embargo, la ciencia contemporánea nos obliga a ampliar la mirada: el intestino no es solo un sistema digestivo, sino un actor clave en la construcción de la mente infantil. El llamado eje intestino–cerebro describe la comunicación bidireccional entre el tracto gastrointestinal y el sistema nervioso central, mediada por la microbiota, el sistema inmune y las hormonas.

Microbiota y primeros 1000 días


La ciencia nos dice que los primeros 1000 días de vida, o sea desde la concepción hasta los dos años, son críticos para establecer un microbioma saludable. Una microbiota equilibrada favorece la neurogénesis, la maduración de la barrera hematoencefálica y la producción de neurotransmisores esenciales como la serotonina y el GABA. Por el contrario, una disbiosis temprana se asocia a un mayor riesgo de trastornos del espectro autista, TDAH, ansiedad y alteraciones del sueño.

Embarazo y parto: la primera colonización


La evidencia reciente cuestiona la idea de un útero estéril: se han detectado trazas de ADN bacteriano en placenta y líquido amniótico, sugiriendo que la exposición microbiana comienza antes del nacimiento. En esta etapa, el bienestar emocional materno es clave. Hoy sabemos que el estrés y el cortisol elevado durante el tercer trimestre de embarazo alteran la composición de la microbiota del recién nacido, aumentando la abundancia de bacterias potencialmente patógenas e inflamatorias (como las Proteobacterias) y disminuyendo las protectoras (Bifidobacterias y bacterias lácticas), lo que se asocia a mayor incidencia de cólicos y reacciones alérgicas en los primeros meses de vida.

Además, el tipo de parto es determinante: el paso por el canal vaginal expone al recién nacido a bacterias beneficiosas como Lactobacillus, mientras que la cesárea altera esta diversidad inicial. Sin embargo, la biología es sabia: la lactancia materna exclusiva actúa mitigando significativamente esta disbiosis post-cesárea.

Lactancia: nutrición, neuroprotección y epigenética


La leche humana es el modulador por excelencia de este eje. No solo aporta oligosacáridos (HMO) que funcionan como el "fertilizante" perfecto para que crezcan bacterias saludables; también es un vehículo de información epigenética. Contiene millones de microARNs encapsulados en exosomas (pequeñas esferas protectoras de grasa) que sobreviven a la digestión ácida del bebé, penetran en su torrente sanguíneo y regulan la expresión de genes clave para el neurodesarrollo y la neurogénesis (especialmente la familia de microARNs let-7).

Este traspaso bacteriano se produce de forma activa gracias a la ruta enteromamaria: las células dendríticas del intestino de la madre capturan bacterias de su propia luz intestinal y las transportan internamente a través de la circulación linfática hasta la glándula mamaria. Así, la madre "siembra" activamente el intestino de su bebé a través del pecho.

El intestino como “segundo cerebro”


El sistema nervioso entérico, con millones de neuronas, regula la actividad intestinal y se comunica con el cerebro a través del nervio vago. Para que este "cerebro intestinal" madure, la leche materna aporta factores neurotróficos fundamentales como el BDNF y el GDNF. Estas pequeñas proteínas no solo benefician la plasticidad neuronal en el cerebro del bebé, sino que el GDNF promueve específicamente la supervivencia y el desarrollo de las neuronas entéricas, asegurando una motilidad y salud gastrointestinal óptimas. Este diálogo bidireccional explica por qué las alteraciones o inflamaciones intestinales tempranas pueden manifestarse más tarde como problemas emocionales o conductuales.

Riesgos y desafíos


Las dietas ultraprocesadas, el uso indiscriminado de antibióticos y las cesáreas innecesarias pueden alterar la microbiota y condicionar el neurodesarrollo. El desafío para la salud pública es promover prácticas protectoras: alimentación saludable y gestión del estrés en el embarazo, parto respetado y lactancia materna.

Como puericultora, sostengo que hablar de crianza hoy implica hablar del eje intestino–cerebro. No se trata de medicalizar la infancia, sino de reconocer que el cuerpo y la mente son inseparables. La ciencia nos recuerda que el cuidado cotidiano —qué comemos, cómo nacemos, cómo lactamos— deja huellas profundas en el desarrollo neurológico.

El intestino piensa, siente y dialoga con el cerebro. Cuidar la microbiota es cuidar la infancia.