2026-06-19

SALUD

Criar de noche: acompañar en lugar de entrenar

En esta oportunidad, la Tec. Puericultora y Doula Lali Zurzolo escribe sobre el momento de dormir al bebé: el cansancio, los métodos y sus consecuencias.

La maternidad durante la noche se ha convertido en un campo de batalla cultural. El cansancio legítimo de los adultos se enfrenta a una expectativa impuesta: que el bebé debe dormir solo, de corrido, sin interrupciones… y sobre todo, sin teta.

Pero en el afán de criar niños “independientes” que se ajusten al ritmo de productividad adulta, olvidamos una verdad fundamental: el bebé es pura fisiología, y nada sabe de cultura. Los investigadores en cronobiología recuerdan que el sueño no es un hábito que se enseña, sino un proceso biológico que se construye. Y en el caso del recién nacido, ese proceso comienza con una dependencia absoluta de la madre.

El contacto es vital

El ser humano recién nacido es la cría más inmadura entre los mamíferos. Necesita una “gestación extrauterina” que replique fuera del útero las condiciones de seguridad, contacto y regulación. Su hábitat natural es el cuerpo de su madre.

Cuando se intenta torcer esa fisiología, por ejemplo, forzando al bebé a dormir solo en una cuna, lejos del cuerpo materno, el bebé llora y se resiste. No por capricho, sino por supervivencia. No distingue el día de la noche, pero sí reconoce la separación como una amenaza. Es clave entender que el bebé no “se vuelve dependiente”: es dependiente. No tiene otra forma de ser.

La ciencia aporta un dato muy interesante: los bebés no producen melatonina al nacer. Esta hormona, que regula los ritmos circadianos y nos ayuda a diferenciar el día de la noche, llega al bebé a través de la leche materna. La madre, con su propio reloj biológico, transmite esa información química que orienta al pequeño en un mundo que aún no distingue. Es un acto de sincronía perfecta: la biología materna acompaña la inmadurez del sistema circadiano del recién nacido.

El bebé ya sueña antes de nacer

En el último trimestre de gestación, el bebé no solo duerme: también sueña. Los estudios de cronobiología muestran que en esta etapa aparece el sueño REM, ese estado en el que los ojos se mueven bajo los párpados y el cerebro trabaja intensamente.

Lejos de ser un descanso pasivo, el sueño REM cumple funciones esenciales:

  • Reparación y crecimiento: se liberan hormonas que favorecen el desarrollo celular y la maduración de órganos.
  • Conexiones neuronales: el cerebro del bebé genera y refuerza sinapsis, preparando las bases para el aprendizaje y la memoria.
  • Estabilidad emocional: el sueño REM regula el sistema límbico, ayudando a procesar estímulos y a construir la futura capacidad de autorregulación.

Los investigadores señalan que el sueño fue clave en la evolución del Homo sapiens: nos permitió consolidar recuerdos, aprender y desarrollar creatividad. En el caso del bebé, este proceso comienza incluso antes de nacer. Soñar en el vientre materno es parte de la preparación para la vida fuera del útero.

Así, cuando hablamos de acompañar el sueño infantil, no nos referimos solo a las noches de vigilia posparto: hablamos de un continuum biológico que empieza en la gestación y que necesita del contacto, la leche y la presencia materna para desplegar todo su potencial.

El llanto y el estrés tóxico

Cuando un bebé llora y no recibe respuesta, su organismo activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, liberando cortisol y adrenalina. Si esta situación se repite, los niveles elevados de cortisol pueden convertirse en estrés tóxico, que altera la arquitectura cerebral en desarrollo.

Estudios del Harvard Center on the Developing Child muestran que el estrés tóxico en la primera infancia afecta la formación de conexiones neuronales, debilita el sistema inmunológico y aumenta la vulnerabilidad a trastornos emocionales en la adultez. El neuropsicólogo Allan Schore describe cómo la falta de respuesta al llanto interfiere en el desarrollo del hemisferio derecho, clave para la regulación emocional y el apego seguro.

El silencio del bebé tras varios intentos de “entrenamiento” no es autorregulación: es indefensión aprendida. El niño deja de llorar porque entiende que nadie vendrá, no porque haya aprendido a dormir.

La teta: una asociación instintiva

Una de las ideas más absurdas que promueve el marketing del sueño infantil es que la teta es una “muletilla” que debe eliminarse. Se sostiene que el bebé debe aprender a autoconsolarse sin asistencia. Pero al amamantar, la madre ofrece un recurso fisiológicamente diseñado para inducir el descanso y el consuelo.

  • Regulación hormonal: la succión activa la liberación de colecistoquinina, que genera relajación.
  • Inductor natural: la leche materna contiene L-triptófano, precursor de la melatonina, que favorece el sueño.

La teta no es una debilidad ni una trampa. Es una herramienta que la naturaleza le da a la madre para resolver los despertares nocturnos sin despliegues innecesarios. Pretender que el bebé no la asocie al sueño es ir contra su instinto: esa asociación es biológica, no aprendida.

Dormir acompañados: una herencia de las cavernas

El sueño humano fue siempre colectivo y acompañado. En las cavernas, dormir juntos era una estrategia de supervivencia: los despertares frecuentes de los bebés aseguraban que alguien estuviera alerta frente a depredadores o peligros. El sueño nunca fue lineal ni solitario; fue comunitario, fragmentado y profundamente vinculado al contacto.

Los niños, incluso hoy, necesitan dormir acompañados. No solo por seguridad física, sino porque el contacto regula su sistema nervioso, estabiliza sus emociones y les ofrece un entorno de calma. El colecho y el breastsleeping son herederos de esa historia: prácticas que sincronizan los ritmos de la díada y que devuelven al sueño su carácter compartido.

¿Para qué necesita dormir el bebé?

El sueño no es un tiempo perdido: es un proceso activo y vital. En el cerebro del bebé, dormir cumple funciones esenciales:

  • Reparación celular: durante el sueño profundo se liberan hormonas de crecimiento y se reparan tejidos.
  • Organización cerebral: el sueño REM favorece la consolidación de la memoria y el aprendizaje.
  • Estabilidad emocional: dormir regula el sistema límbico, ayudando al bebé a procesar estímulos y reducir el estrés.
  • Maduración neurológica: los ritmos de sueño contribuyen al desarrollo del sistema circadiano y al equilibrio hormonal.

Por eso, cuando un bebé despierta y busca contacto, no está “manipulando”: está protegiendo su desarrollo. Su cerebro necesita dormir acompañado para que el descanso sea reparador y emocionalmente seguro.

En lugar de ceder a la culpa por no haber logrado que el bebé duerma solo, miremos a nuestros hijos. Confiemos en la intuición que nos dice que necesitan estar cerca, de día y de noche. Como afirma Rosa Jové: “No hay que enseñar a dormir, hay que acompañar el sueño.”

La cronobiología y la neurociencia nos recuerdan que el sueño es un proceso biológico, no un adiestramiento. La cultura puede imponer rutinas, pero la fisiología del bebé marca el ritmo real. Y en ese ritmo, la madre no solo nutre: también cría y acompaña

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