domingo 18 de octubre de 2026

EDITORIAL

¿Feliz día? Cuando una madre también puede vulnerar los derechos de sus hijos

La idealización de la maternidad dificulta hablar de una realidad que merece atención: madres que manipulan, obstaculizan vínculos y anteponen sus conflictos personales al bienestar de los niños.
18/10/2026

En el Día de la Madre, las redes sociales se llenan de mensajes de amor, agradecimiento y reconocimiento. Se celebra a quienes cuidan, acompañan, protegen y hacen de la maternidad una responsabilidad cotidiana. Sin embargo, detrás de esa imagen idealizada existe una realidad de la que todavía se habla poco: hay madres que, lejos de garantizar los derechos de sus hijos, los utilizan como instrumentos para perjudicar a sus propios padres.

Ser madre no convierte automáticamente a una persona en alguien incapaz de causar daño. La maternidad implica una responsabilidad que se demuestra en los actos, en las decisiones cotidianas y, especialmente, en la capacidad de anteponer el bienestar de los hijos a los conflictos personales. Porque los niños tienen derechos propios que deben ser respetados, incluso cuando la relación entre sus progenitores terminó de la peor manera.

Entre las conductas que merecen mayor visibilidad se encuentran las falsas denuncias y la obstrucción del vínculo entre padres e hijos. Existen madres que recurren a acusaciones deliberadamente falsas para perjudicar al padre, condicionar el contacto con los niños o generar una situación en la que cualquier acercamiento quede bajo sospecha. Cuando estas maniobras se producen, no se trata simplemente de una disputa entre adultos: se instrumentaliza la protección de la infancia para perseguir un interés personal, con consecuencias que pueden extenderse mucho más allá del conflicto original.

La obstrucción del vínculo es una expresión de este problema y no siempre se manifiesta mediante una prohibición explícita. Puede aparecer cuando una madre incumple reiteradamente los acuerdos o las decisiones judiciales que regulan el contacto; cancela encuentros sin una justificación atendible; impide las llamadas o los mensajes; oculta información relevante sobre la salud, la educación o la vida cotidiana del niño; o condiciona el contacto a que el padre acepte determinadas exigencias personales. También puede expresarse mediante descalificaciones constantes, mensajes que buscan instalar miedo o rechazo hacia el otro progenitor y presiones para que el niño sienta que mantener esa relación equivale a traicionar a su madre. En este contexto, cuando no hay una razón legítima y se obstaculiza deliberadamente la relación para castigar al otro progenitor, controlar la situación familiar o imponer la propia voluntad, el problema deja de ser una simple diferencia entre adultos y se convierte en una conducta que vulnera los derechos del niño y que exige una respuesta inmediata de la justicia.

El aspecto más preocupante es que, en estas situaciones, muchas veces se pierde de vista a quien debería estar en el centro de todas las decisiones. Un niño puede quedar atrapado en una disputa que no comprende por completo, sentir que debe elegir a quién querer o aprender que demostrar afecto por su padre puede provocar enojo, culpa o rechazo en su madre. 

Actualmente, resulta necesario cuestionar la idea de que una madre actúa siempre en beneficio de sus hijos por el solo hecho de serlo. La maternidad no elimina el egoísmo, el resentimiento ni la posibilidad de tomar decisiones perjudiciales. No deberíamos romantizar el rol de madre cuando todavía existen quienes manipulan, mienten o anteponen sus intereses a las necesidades de sus hijos. Reconocer esa realidad no significa desvalorizar la maternidad ni desconocer a las mujeres que protegen a sus hijos. Significa comprender que ningún rol familiar debería funcionar como una garantía de impunidad ni como un escudo frente al cuestionamiento de conductas dañinas.

La sociedad también tiene una responsabilidad en esta discusión. Durante años, numerosos debates sobre la familia, la violencia y las desigualdades de género han puesto de manifiesto situaciones reales que requieren atención. Pero ningún reclamo legítimo debería impedir que se reconozcan otros problemas cuando aparecen. Sería un error reemplazar un prejuicio por otro y asumir que un hombre es peligroso por ser hombre o que una mujer dice necesariamente la verdad por ser mujer. La protección de la infancia exige observar los hechos, investigar las conductas y actuar con responsabilidad, sin que los estereotipos determinen quién merece ser escuchado.

También es necesario hablar de las consecuencias de estas acciones. Cuando una madre obstruye deliberadamente el vínculo de sus hijos con su padre o utiliza una denuncia falsa para perjudicarlo, no alcanza con reconocer que existe un conflicto. Hace falta que las instituciones intervengan de manera oportuna, que los derechos vulnerados sean atendidos y que las conductas ilícitas acreditadas tengan las consecuencias previstas por la ley. 

En el Día de la Madre, celebrar la maternidad también debería significar animarnos a hablar de sus responsabilidades. Cuidar no es controlar; proteger no es manipular; amar no es utilizar a un hijo para castigar a otra persona. Ser madre supone reconocer que los niños tienen necesidades, afectos y derechos que no desaparecen cuando termina una pareja. Supone comprender que la relación con el otro progenitor no debe convertirse en un premio, una moneda de cambio ni un instrumento de presión.

La maternidad no debería funcionar como una garantía automática de bondad; debería entenderse como una responsabilidad que se demuestra en los actos. Porque no alcanza con recibir un saludo, celebrar una fecha o reivindicar el título de madre si, en la vida cotidiana, las decisiones que se toman vulneran los derechos de los propios hijos.

 

Por Sofía Seirgalea.

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