2026-07-22

EDUCACIÓN AMBIENTAL

Nieve, mucho más que un paisaje

Cada invierno, parte del agua queda almacenada temporalmente en las montañas. Cómo se mide, qué ocurre durante el deshielo y por qué una nevada puede influir meses después en los ríos de Neuquén.

La nieve transforma el paisaje neuquino. Cubre montañas y caminos, modifica las actividades cotidianas y ofrece algunas de las imágenes más características del invierno provincial. Sin embargo, su importancia ambiental no termina en aquello que podemos ver.

Detrás de cada nevada comienza un proceso que conecta la atmósfera, la cordillera, los suelos y los cursos de agua. Si las condiciones se mantienen frías, la nieve puede permanecer acumulada durante semanas o meses en las zonas altas. Cuando recibe suficiente energía para fundirse, el agua continúa su recorrido por el territorio.

La nieve es, por lo tanto, mucho más que un paisaje: constituye una forma de almacenamiento temporal y estacional que demora la circulación del agua y puede influir en el comportamiento posterior de arroyos, ríos y lagos.

Las montañas funcionan como “torres de agua”

La nieve forma parte del ciclo del agua. Se origina en las nubes cuando el vapor de agua se transforma en cristales de hielo bajo determinadas condiciones de temperatura y humedad. Si esos cristales llegan al suelo sin derretirse y las temperaturas permanecen suficientemente bajas, pueden acumularse y formar un manto nival.

Esa acumulación permite que una parte de las precipitaciones quede temporalmente almacenada en estado sólido. En lugar de incorporarse inmediatamente a los suelos y cursos de agua, puede permanecer en las zonas altas hasta que se produce el deshielo.

Por esta capacidad de recibir, almacenar y liberar agua, las montañas suelen ser definidas como “torres de agua”. Su importancia excede ampliamente los ambientes cordilleranos.

Según el Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos 2025, elaborado por UNESCO, las regiones montañosas ocupan aproximadamente el 24% de la superficie terrestre -sin incluir la Antártida-, pero generan entre el 55% y el 60% de los flujos anuales de agua dulce del planeta. Alrededor de 2.000 millones de personas dependen de las aguas de montaña.

Cabe menionar que estos aportes no provienen exclusivamente de la nieve o los glaciares. También intervienen las lluvias, los suelos, los humedales, los lagos y las aguas subterráneas. La nieve cumple, sin embargo, una función particular: almacena agua estacionalmente y modifica el momento en que continúa circulando.

Un almacenamiento dinámico

Aunque pueda parecer estable, el manto nival cambia continuamente mientras permanece en la montaña. Después de caer, los cristales se transforman por efecto de la temperatura, la radiación solar, el viento y los ciclos de fusión y recongelamiento.

La nieve puede compactarse, aumentar su densidad, desplazarse por acción del viento o comenzar a derretirse. Por eso, la cantidad acumulada y el agua que contiene no permanecen necesariamente iguales desde el momento de la nevada hasta el inicio del deshielo.

Más que una reserva estática, se trata de un almacenamiento dinámico, condicionado por las características del ambiente y por la evolución de las condiciones meteorológicas.

Los centímetros no alcanzan

Después de una nevada se suele hablar de cuántos centímetros se acumularon. Esa medición permite conocer la profundidad de la nieve, pero no revela por sí sola cuánta agua contiene.

Dos mantos de igual altura pueden almacenar cantidades diferentes de agua. La nieve seca y liviana posee una mayor proporción de aire; la nieve húmeda o compactada tiene una densidad superior y, a igual profundidad, puede contener más agua.

Para calcular ese contenido se utiliza el equivalente de agua en nieve, conocido como EAN. Este indicador expresa la altura que alcanzaría el agua si una muestra del manto nival se derritiera por completo.

En este lineamiento, la equivalencia puede traducirse de manera sencilla: un milímetro de EAN representa un litro de agua por cada metro cuadrado. Por ejemplo, 10 milímetros de EAN distribuidos uniformemente sobre un kilómetro cuadrado equivaldrían a 10.000 metros cúbicos, es decir, 10 millones de litros de agua almacenados en forma de nieve. Sin embargo, este cálculo representa el volumen contenido en el manto nival. No significa que toda esa agua llegará posteriormente a los ríos.

Tampoco alcanza con una única medición para conocer el aporte de una nevada particular. Para hacerlo es necesario comparar el EAN antes y después del evento y considerar procesos como la compactación, la fusión y la redistribución de la nieve por el viento.

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